Viernes, 08 de julio de 2016

Aunque Calderón de la Barca escribía aquello de que los sueños, sueños son, lo cierto es que en buena medida los sueños del hombre están para cumplirse. Solo es necesario superar los límites psicológicos que nos impiden intentarlo.

Jim Hines fue un niño de raza negra nacido en Arkansas en 1946. Pronto su familia se trasladó a California. Allí en la Escuela Secundaria el chico empezó a practicar béisbol con el sueño de de convertirse algún día en el mítico Willie Mays. Pero su entrenador quedaba boquiabierto por la velocidad con que Jim cubría las carreras, y le insistió para que se pasara a las pistas. Jim no estaba convencido, el béisbol era más divertido que el puro correr. Pero finalmente accedió. Y lo hizo con un propósito. Si otros batían marcas…¡también lo haría él!. Y Jim empezó a entrenar con el equipo de la Southern Texas University.

Hasta 1968 se mantuvo un axioma irrefutable en el mundo de la velocidad: ningún hombre podía correr los 100 metros por debajo de los 10 segundos.  En Junio de aquel año, Jim acudió al Campeonato de América en Sacramento y marcó un tiempo de 9,9 segundos. Pero aquel era un cronómetro manual. Los disturbios raciales de la época estuvieron a punto de privarle de las Olimpiadas de ese año en Ciudad de México. Pero finalmente fue allí el día 14 de Octubre, cuando Jim Hines entró en la historia al ganar el oro con un registro de 9,95 segundos. Había roto el mito.

Y es que si el elefante no lo sabe, no puede escapar de la pequeña estaca a la que le mantienen atado, según el conocido cuento de Jorge Bucay. Pero solo hubiera bastado con proponérselo.  ¡Por Dios, si él lo hace, también lo haré yo!  


Publicado por corremundos @ 1:18
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios