Martes, 24 de mayo de 2016

Corría el primer cuarto del siglo XX. En la calle Mayor de Cartagena D. Abelardo regía una importante sastrería. Podemos imaginar su taller lleno de maniquíes. Sin cabezas, sin brazos, sin piernas; troncos inánimes donde colgaban trajes a medio confeccionar. Sin embargo a la entrada del establecimiento, a la vista de la clientela, había un maniquí de mujer perfectamente formado, donde se mostraban elegantes vestidos de señora, que lograban idealizar el eterno encanto femenino. Se decía que aquel maniquí lo había traído D. Abelardo de París. De rostro ligeramente sonrosado y cristalinos ojos azules, era conocida como “Dª Loreto”. Para D. Abelardo era todo un personaje, con el que hablaba y se sinceraba en sus momentos de soledad y  al que trataba con un mimo más propio de un hijo hacia la madre ausente.

Una tarde de inicio de otoño, Dª Loreto pestañeó. El personaje parecía transformarse en persona. Sobresaltado, el sastre se acercó y acarició con su mano el rostro de madera de la maniquí. Dª Loreto volvió a pestañear. Aquella noche D. Abelardo no durmió. Y ameneció aquel día de San Miguel de 1919. Día gris de tormenta, de persistentes aguaceros, de calles solitarias. A las siete de la tarde la rambla de Benipila se desbordó, y las aguas buscaron con violencia el camino del puerto. En la sastrería de la calle Mayor entraban por una puerta y salían por la otra con todas las telas, los trajes, los enseres, la maquinaria, los maniquíes. A Dª Loreto nunca se le volvió a ver..

D. Abelardo, arruinado, abriría poco después una sastrería, más modesta, en la calle de Cuatro Santos.

Este es un relato con más realidad que leyenda, y que repetidamente escuché contar a mi padre cada vez que el calendario marcaba ese fatídico 29 de Septiembre en que Dª Loreto se unió para siempre con su destino en la mar.


Publicado por corremundos @ 19:49
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