Lunes, 14 de noviembre de 2011

De niño pasaba mis veranos en una finca de campo, propiedad de mi abuelo materno, en plena naturaleza. Y como no es difícil de entender para la mente de un niño, yo tenía mi árbol favorito. Aquel de ramas retorcidas que me permitían subirlo hasta donde me podía acomodar, y hacía de él mi escondite reservado. Desde aquel árbol, entre trinos de pájaros y con la panorámica de vastas plantaciones, miraba el mundo con ojos de juez e imaginaba las fantásticas aventuras que envolverían mi vida futura. 

Desgraciadamente aquella vida futura ha resultado bastante más anodina que lo que yo imaginaba, pero siempre me dejó el recuerdo del árbol como fuente de imaginación literaria.

Por eso no quería dejar pasar este Año Internacional de los Bosques sin recordar su permanente presencia en la literatura. Desde la epopeya sumeria de Gilgamesh, hasta los cuentos infantiles, el bosque siempre estuvo presente en la literatura. ¿Qué sería de Caperucita o de Hansel y Gretel sin un bosque donde perderse y encontrarse? ¿Dónde se habría perdido Pulgarcito antes de encontrar sus conocidas botas de la felicidad? ¿Dónde vivirían el tejón, la rana o el topo para escuchar los sonidos del viento entre los sauces? Sin bosques no hay cuentos. 

También ha estado presente en las epopeyas mitológicas o reales de todos los tiempos. Así desde Robin Hood, quien habita en su bosque de Sherwood al “Ultimo de los Mohicanos” del escritor James Fenimore Cooper, o la verde espesura de la selva colombiana en “La Vorágine” de José Eustasio Rivera.

Pero ha sido la reciente reedición de “Walden. La vida en los bosques” escrito por uno de los padres de la literatura norteamericana, Henry David Thoreau, la que me ha impulsado a escribir este pequeño artículo. Thoreau se contruyó una cabaña en el bosque situado a orillas del Lago Walden en Massachussets donde vivió durante dos años y medio. Decía “Me fui a los bosques porque quería vivir con un objetivo: hacer frente solamente a los hechos esenciales de la vida, ver si podía aprender aquello que me quisiera enseñar y para no descubrir, cuando llegara mi hora, que no había vivido”. 

Y es que sin los bosques no hay vida. Esto aún no lo han entendido los dirigentes del mundo, que permiten que cada día se talen dos millones de árboles. Pero no quiero salirme del tema. 

Sin duda uno de los más bellos relatos sobre bosque nos llegó de la pluma del escritor francés Jean Giono con su obra “El hombre que plantaba árboles”, donde narra la historia de un pastor que, con su sola voluntad y esfuerzo, convierte una tierra desierta, abandonada e infértil, en un maravilloso vergel. Otro libro precioso de leer nos lo acerca Julia Butterfly Hill (nacida en Missouri en 1974) con “El legado de Luna” donde la activista deja su propio testimonio después de pasar dos años sobre una secuoya en su lucha por salvar el bosque. 

Dentro de la literatura española, siempre encontré precioso “El bosque animado” de Wenceslao Fernández Flores (1885-1964), que fue adaptada al cine en 1987 por José Luis Cuerda

Y podríamos escribir mucho y mucho más. Pero no se trata de hacer un tratado, sino de recordar a los bosques, en este su Año Internacional. Otro día hablaremos sobre el bosque y la poesía.


Publicado por corremundos @ 19:12
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