Viernes, 06 de marzo de 2009

Érase una vez una diosa con las facciones tan delicadas y bonitas que era la admiración de cuantos la conocían. Su piel de color blanco inmaculado y sus cabellos rubios como el oro resplandecían de manera singular

Había nacido prodigiosamente, cuando al ser castrado Urano por el titán Crono, sus genitales cayeron al mar y del interior de una gran concha marina surgió tan perfecta criatura. Venus marcharía hacia el Olimpo elevándose en un carro tirado por palomas que volaban con suavidad y ritmo para no entorpecer el descanso de tan maravillosa criatura. Al llegar al Olimpo todas las deidades alabaron lo sublime de su guapeza y unánimemente la proclamaron diosa de la belleza. Su nombre : Venus. Y Venus no olvidó a las palomas que habían sido sus portadoras y siempre, siempre, se hacía acompañar por una de ellas, que solía posarse en su mano. E incluso en ocasiones se transformaba en una de ellas.

 

Como es fácil comprender la belleza de Venus no pasó desapercibida para los dioses del Olimpo, y fueron muchos quienes la pretendieron. Pero Venus los rechazaba a todos, lo que irritó a su padre, Zeus, quien le obligó a casarse con Vulcano, dios del fuego, quien torpe y cojo no parecía satisfacer a nadie. También para ella era difícil acostumbrarse a la oscuridad resplandeciente de las fraguas, a los cuerpos negruzcos por la herrumbre, al ruidoso y continuo golpear de los martillos sobre el yunque.

 

Además, como ya sabemos, el Olimpo estaba lleno de pasiones. Y su belleza seguía despertando la envidia de las otras diosas y el deseo de los otros dioses. De entre ellos Febo, dios del día y Marte, dios de la guerra, eran quienes más la asediaban. Y Venus cayó en brazos del amor de Marte, quien todas las noches se acercaba a ella, cubriéndola hasta el amanecer. Sin embargo una noche la pasión se prolongó en exceso, y fueron sorprendidos por el día, donde reinaba Febos, quien al descubrirlos juntos se sintió despechado y marchó a comunicar a Vulcano la traición de que era objeto.

 

Por ello Vulcano preparó meticulosamente una red invisible hecha con tela de araña, escondiéndose para sorprender juntos a Venus y Marte. Cuando lo consiguió, los atrapó con su red, y los expuso a la burla de todos los dioses del Olimpo. Después de aquel ultraje, Venus pidió a sus palomas que la transportaran de nuevo a la isla de Chipre, donde había nacido.

 

Y fue allí, en la isla de Chipre, donde Venus se transformó en la diosa del amor y de la fertilidad. Y fue allí donde su maternidad alumbró a Cupido, un niño dios, que heredó el trono del amor y también las alas de aquellas palomas que acompañaban a su madre. Con ellas Cupido vuela y vuela sin cesar disparando sus flechas en todas direcciones. Y nadie puede sustraerse a sus heridas. Las más maravillosas heridas que jamás alguien pudo recibir: las heridas del amor.

 

Por eso nuestras palomas quedaron convertidas en símbolo del amor. Por eso se emparejan y permanecen fieles, por eso se ayudan en la alimentación de sus pichones. Por eso su simbología ha alcanzado el grado mayor al que se puede aspirar, un grado íntimamente unido al amor: la paz.

 

La próxima vez que veamos unas palomas, sabremos porqué el amor y la paz son una aspiración permanente, un sueño que hemos de alcanzar cuando aligeremos nuestro equipaje, abandonemos nuestra pesada carga de intereses, y convertidos en palomas volemos y volemos hacia el olimpo de la belleza, el amor y la paz

Tags: Venus

Publicado por corremundos @ 12:49
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