Recuerdo como si fuera ayer aquel 6 de Diciembre de 1978. Me trasladé en tren desde Madrid a Cartagena, para poder votar y por supuesto aproveché para estar unos pocos días con mi familia.
Aquel día el pueblo español sancionaba definitivamente la nueva norma fundamental. La ilusión colectiva se adueñó de España al votar una Constitución que nos permitiría pasar página a una historia de enfrentamientos, desencuentros, violencias, guerras civiles, dictaduras, despotismos y cacicadas. Una constitución que devolvía la soberanía a los ciudadanos y alumbraba un régimen de libertades, donde cabían todos. Una Constitución que garantizaba los derechos individuales y los territoriales.
Era, sin embargo una época donde la clase política la integraban personas cualificadas tanto académica como profesionalmente. Personas doctas en Derecho, Economía, Administraciones Públicas, Relaciones internacionales.... Personas que acudían a la política con la clara intención de aportar su saber al desarrollo de la nación.
Esta Constitución y aquella clase política nos permitió dejar atrás nuestro negro pasado e iniciar un desarrollo jurídico y económico ilusionante que nos llevaría a la plena integración en la Europa comunitaria, con cuantiosos beneficios para todos.
Sin embargo al cumplirse 32 años de aquella fecha, algo nos está fallando. Y no es aquel texto, que podría ser revisado en artículos puntuales, pero que en lo esencial sigue siendo, en mi opinión, tan válido como entonces. Pero al culminar la primera década del siglo XXI, los problemas parecen acumularse.
En el terreno laboral, la cifra de parados ronda los cinco millones de trabajadores. Y quienes tienen empleo, en muchos casos se encuentran en situación precaria con condiciones al margen de la normativa laboral. La negociación colectiva lleva tiempo rota.
En el territorial se ha roto la cohesión interautonómica con artificiosos enfrentamientos como “la guerra del agua” o planteamientos económicos discriminatorios con determinadas Comunidades.
La libertad parece degenerar en intransigencia y falta de respeto. Culturalmente vivimos una época en que la TV fomenta programas basura, las tertulias se llenan de sectarios y vocingleros incapaces de aportar argumentos sólidos. En los foros de internet solo opinan fanáticos y analfabetos que juegan a insultarse cuanto más gravemente mejor.
La crisis nos sorprende con una sobrecarga administrativa, formada por 8.000 ayuntamientos y 17 Comunidades autónomas con sus 17 gobiernos, consejeros, subsecretarios, directores generales, delegaciones, organismos autónomos.....
La clase política se nutre de trepas ignorantes y mediocres incapaces de aportar soluciones y solo pendientes de fotos y encuestas. La corrupción galopa a sus anchas. El gobierno lo conforman auténticos ineptos que después de seis años sin hacer otra cosa que leyes de color de rosa, ahora obligado por los gobiernos europeos intenta desarrollar políticas de ajuste y no se le ocurre otra cosa que abaratar los despidos o quitar la prestación a los parados de larga duración.
Las colas en los comedores de Cáritas empiezan a ser kilométricas.
Ante este panorama, pocos serán los ciudadanos que hoy, 6 de Diciembre de 2010, tengan ilusión por celebrar el Día de la Constitución. Y veremos a ver su actitud ante próximas elecciones, municipales, autonómicas o legislativas.
Hemos de regenerar la ilusión colectiva, pero para ello habrá de regenerarse toda la clase política. O esto estallará por alguna parte.