Cualquier seguidor de este blog, habrá comprendido que estamos en plenas vacaciones de verano. No en un sentido personal, pues en este periodo continúo pegado al duro yunque del trabajo, sino en un sentido general, cuando el estío invita a romper con la monotonía del resto del año, a quebrar los círculos de hábitos inútiles, la vida encorsetada en parámetros que nosotros mismos nos imponemos.
Calblanque (Cartagena) Foto: David Frutos
El verano es tiempo de disfrutar de la naturaleza, de darse un baño de mar al amanecer, de conocer nuevos lugares y nuevas gentes, de pasear en bicicleta a la caída de la tarde, de echar una partida de dominó, de ir al cine de verano con nuestro bocadillo y nuestra botella de agua, de mirar el cielo en las noches estrelladas, de degustar unos higos recién cogidos del árbol, de tantas y tantas opciones que nos harán renovarnos por dentro y por fuera.
Triste será que hagamos del verano una opción para el turismo masificado, para alquilar un apartamento en el piso 15 de una torre de Benidorm o Torremolinos, para estar conduciendo el coche todos los días y soportando atascos de fin de semana. Reproduciremos, entonces, el agobio de la vida urbana, con la única diferencia de tener el mar de fondo.
Desde practicar meditación en un templo budista de Tailandia, hasta recorrerse La Alpujarra a lomos de un pollino, hay centenares de opciones inteligentes, para hacer de las vacaciones de verano una opción inteligente para la nuestra renovación.
Aprovechemos, pues nuestras vacaciones.