Existe una idea extendida especialmente en círculos feministas de que la religión ha sido determinante en la ancestral postergación de la mujer frente al hombre. Pero particularmente tengo la firme convicción que dicha postergación no vino de la mano de la religión sino de las sociedades y culturas que nos precedieron, mientras que la religión cayó en el error de asumir en cierta medida esos postulados y a la postre fue utilizada como justificación de la misma.
Remontándonos a la historia de la creación, la Biblia habla de que “los dos llegan a ser una sola carne.” (Gn. 2,24). Por tanto la mujer queda equiparada al hombre en dignidad y derechos. Ya en los Evangelios, observamos que en la vida de Cristo la mujer es siempre un personaje cercano y respetado. Las había entre sus discípulos más cercanos: "María la Magdalena, de la que habían salido siete demonios, Juana, mujer de Cusa, intendente de Herodes, Susana y otras muchas que le ayudaban con sus bienes" (Lc, 8, 2-3). Y en determinados momentos resuelve con sabiduría situaciones de agravio y desigualdad, como cuando le plantean una lapidación. “Quien esté libre de pecado que tire la primera piedra” (Jn. 8,7).
En los Hechos de los Apóstoles y las Epístolas se citan los nombres de varias mujeres que colaboran activamente en los trabajos apostólicos y la tradición romana ha conservado el nombre de las primeras testigos del Evangelio: Práxedes, Pudenciana, Domitila, Prisca, Petronila, Sabina…
Santa Catalina de Alejandría (Siglo III), filósofa, maestra y mártir
Pero la mayoría de las culturas antiguas relegaron el papel social de la mujer, y la judía no fue una excepción. Y la religión se contagia de esa cultura. De ahí que se hable de la misoginia de San Pablo cuando expresa que “el marido es cabeza de la mujer” (Efesios 5,23). Pero el propio San Pablo proclama su igualdad: "ya no hay distinción entre judíos y gentiles; esclavos y libres; hombre y mujer" (Gálatas 3, 28). , o también “Que el marido dé a su mujer lo que debe y la mujer de igual modo a su marido.” (I Corintios, 7,3).
Cuando en el siglo XII, se generaliza el matrimonio sacramental frente al gótico germánico, la mujer gana en dignidad. Deja de ser una mera mercancía de cambio, para recuperar su personalidad y su dignidad individual. Así, entre otras cosas, se deroga el repudio generalizado hasta esa fecha. El Catecismo de la Iglesia Católica nos habla de "perfecta igualdad en tanto que personas humanas, y por otra, en su ser respectivo de hombre y de mujer"
Pero estamos en el siglo XXI. Y esa igualdad en dignidad de la mujer necesita de nuevos pasos que la hagan realidad de una vez por todas. Y hablo de no negarle a la mujer el derecho a las máximas responsabilidades dentro de la Iglesia. Si el Concilio Vaticano II, abrió el camino para la renovación eclesial, los dos últimos papados han optado por las vías más tradicionalistas, por lo que esas esperanzas de la mujer se encuentran ahora mismo en vía muerta. Y esta (entre otras) es una de las cuestiones que la Iglesia habrá de afrontar más pronto que tarde